Literatura y Ciencias Sociales
[ Carmen Castaneda | Publicado el 22 May 2009 | ]Resumen:
Una de las mayores preocupaciones de nuestra época es, sin duda, la forma como el hombre formula sus pensamientos, sus emociones y sus vivencias a través de los sistemas de signos. La sociedad moderna, caracterizada por su capacidad de auto observación, se preocupa cada vez más sobre la lengua, su naturaleza y el impacto que los disertaciones producen en la interacción humana.
Esta reflexión lleva a una búsqueda: la redefinición del rigor científico. Pensamientos, vivencias y emociones no son el resultado de operaciones comprobables objetivamente, sino que son una realidad en sí misma. De ahí se desprende que no sólo estar al tanto de estas percepciones, sino concebirlas como una dimensión epistemológica, permite involucrar el pensamiento científico con la cultura popular y con los individuos que le dan sentido.

Actualmente parece existir una inquietud por reconciliar perspectivas que se han enfrentado durante mucho tiempo: la pugna entre literatura y ciencias sociales. Tanto la literatura como la ciencia han marcado dos modelos de conocimiento alternativos creando un debate sobre sus respectivas competencias para entender el entorno.
En los últimos años esta polémica entre ciencias sociales y literatura ha resurgido con el desarrollo de los estudios culturales y la evolución de la epistemología científica aceptando los límites de la certidumbre y las fronteras cada vez más borrosas de las disciplinas especializadas.

El antagonismo entre científicos sociales y ensayistas, estos últimos vistos por los primeros como una variante del escritor, ha sido, sin duda, el origen de las disciplinas sociales.
Esta discusión tiene sus antecedentes en el S XVIII con la Ilustración. Como contraste con el enfoque iluminista que proponía el predominio del conocimiento racional para declarar leyes universales que gobernaran el mundo de los objetos, de la naturaleza y de los hombres en el Romanticismo se intentó exaltar lo que había pasado a situarse en “el lado oscuro de la luna”.
El énfasis se desplazó hacia la autenticidad de las emociones expresadas y, por lo tanto, hacia la honestidad e integridad del artista. De este modo se llegó a aceptar que la espontaneidad, la originalidad y la “verdad interior” eran los criterios aplicables a la valoración de la obra pictórica, literaria o musical.
Actualmente la literatura y las ciencias sociales han marcado dos paradigmas de conocimiento alternativos que en ocasiones llegan a parecer controversiales en sus respectivas competencias para entender el contexto. En particular, la sociología se mueve entre la inspiración que encuentra en un modelo de narración literaria y la influencia que tiene el discurso sobre la verdad proveniente de las ciencias naturales.
Esta interrelación entre literatura y ciencia social puede ejemplificarse en varios hechos indiscutibles: la importancia que Marx atribuyó a Balzac para entender a la aristocracia francesa y a la monarquía de Luis Felipe, el mismo Balzac que pretendía titular su Comedia Humana, como Estudios Sociales; la relación entre Thomas Mann y Max Weber, complementándose mutuamente para entender a ese nuevo personaje de la historia: el burgués protestante, calvinista y heroico; la influencia del sociólogo sobre Kafka, quien no hubiera escrito El proceso sin los antecedentes weberianos sobre la burocracia y su impacto en el mundo que se estaba gestando y no se puede dejar de mencionar el caso de Walter Benjamín y su trabajo sobre el flaneur urbano y la modernidad, inspirado en Charles Baudelaire.
A pesar de estos ejemplos de las estrechas relaciones entre las ciencias sociales y la literatura es sorprendente cómo, durante la mayor parte del S XX, predominaron los antagonismos: literatos y científicos sociales parecen dos géneros irreconciliables que se ven con desconfianza. Los primeros sin tomar en cuenta los modelos sistemáticos, metódicos y estructurales de los científicos sociales; los segundos queriendo restringir a la literatura al ámbito de las especulaciones no verificables, subjetivas y con pretensiones inadmisibles de verdad.
Wolf Lepenies en su libro titulado Las Tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia (1994), expone cómo la sociología se va conformando en un espacio situado entre la literatura y la ciencia. Alternando entre el lenguaje científico de las ciencias naturales y la narrativa literaria, entre la racionalidad del método y el entendimiento de los sentimientos y la cultura, la sociología comienza a conquistar su espacio como disciplina.
Lepenies identifica a la sociología como “la tercera cultura” y afirma que el problema reside en que, por más que la sociología intente igualar a las ciencias naturales, nunca podrá convertirse en una verdadera ciencia natural de la sociedad y que, por otro lado, si renuncia a su orientación científica se acerca peligrosamente a la literatura.
La identificación de la sociología con esa “tercera cultura” hace alusión al famoso libro de Charles Percy Snow publicado en 1959 y titulado Las dos culturas, que originó una intensa discusión sobre ciencia y literatura. La tesis de Snow propone que la ruptura entre las ciencias y las humanidades es uno de los principales obstáculos para la resolución de los problemas mundiales. Dada su formación científica y su cualidad de novelista de éxito, Snow estaba en una buena posición para plantear el debate.
Cuando los no científicos oyen hablar de científicos que no han leído nunca una obra importante de la literatura, sueltan una risita entre burlona y compasiva. Los desestiman como especialistas ignorantes. Una o dos veces me he visto provocado y he preguntado [a los no científicos] cuántos de ellos eran capaces de enunciar el Segundo Principio de la Termodinámica. La respuesta fue glacial; fue también negativa. Y sin embargo lo que les preguntaba es más o menos el equivalente científico de ¿Ha leído usted alguna obra de Shakespeare? (1987:24)

Pero ¿qué ha pasado con la literatura y las ciencias sociales en el contexto de América Latina? El pensamiento latinoamericano se ha constituido como una suerte de andamiaje del pensamiento occidental europeo, lo que Lezama Lima plasmó en su “horno transmutativo de la asimilación”. Esta tendencia no se limita sólo a la práctica literaria también abarca a las ciencias y sobre todo a las ciencias sociales. Existe una analogía importante en cómo aparece la ciencia social en nuestros países con lo que ocurrió en Europa. El ejemplo más claro es el de los ensayistas del siglo XIX y principios del XX.
Podemos hablar de textos tan trascendentales como el Facundo de Sarmiento, el Ariel de Rodó, el Senzala de Gilberto Freyre, La expresión americana de Lezama Lima o el Laberinto de la soledad de Octavio Paz. El común denominador que los distingue es la fluctuación entre literatura y sociología.
Al mismo tiempo, es posible que exista un interés creciente de los estudiosos de la literatura por acercarse a las ciencias sociales, a sus instrumentos de análisis y sus marcos conceptuales, pero también a sus mecanismos de legitimación. Existe un debate abierto y aún no resuelto acerca de los alcances de los análisis literarios, resultado de la influencia de los llamados estudios culturales, que tiene que ver tanto con la ruptura de fronteras disciplinarias como con imposiciones de constitución de un campo y con estrategias de poder simbólico en torno a ese campo.
Hay que tener en cuenta que la literatura permite descubrir procesos que no se manifiestan en otro tipo de documentos. Los textos literarios constituyen una fuente importante para el conocimiento histórico; contribuyen a interpretar las estructuras emocionales propias de una época así como su estructura simbólica y sus imaginarios, independientemente de que esos textos formen parte de una literatura colonial, nacional o imperial, como ha mostrado Edward W. Said (2002). Los textos literarios manifiestan del modo más sensible la cotidianidad y el sentido común de una época. Al mismo tiempo no se puede dejar de verlos como lo que son: textos literarios.
Escribir un texto literario representa no sólo un cierto alejamiento, sino una labor específica con las palabras, las imágenes y los conceptos. De igual formal sucede con la lectura y aún más con la lectura crítica. Es evidente el nivel de complejidad y especificidad que no se puede limitar a un reduccionismo meramente sociológico.
Esto nos hace ver la relación innegable entre los estudios literarios y una sociología o historia de la cultura que debe tomar en cuenta las condiciones sociales de producción, circulación y consumo de la literatura¬, las relaciones entre literatura y poder y el lugar que ocupa la literatura dentro del conjunto de las prácticas sociales y culturales, es decir, el lugar de la literatura en la formación de ideologías y en la constitución de un canon.
En 1986 Bajtín demostró que la obra literaria es un producto cultural capaz de reproducir las fuerzas activas de un determinado momento social y propuso una lectura dialógica afirmando conceptos como la heteregloxia y el plurilingüismo. La teoría de la recepción propone una concepción de la lectura que recupera al lector como agente activo en la comunicación literaria y suscita una reflexión necesaria en torno a la figura del autor.
En el capítulo final de su libro Una Introducción a la Teoría Literaria, Terry Eagleton concluye que todas las esferas del pensar y actuar humanos, incluyendo la literatura, la teoría y la crítica literarias, están determinadas por “la forma en que organizamos nuestra vida social en común” y por “las relaciones de poder que ello presupone” (1993:231).
La relación entre literatura y ciencias sociales en América Latina revela que el conocimiento científico aprendido, concebido como ajeno a las expresiones de la cultura popular, no ha conseguido reflejar lo que somos, necesita de la literatura para poder expresar sus postulados.
Al haber distintas modos de percibir al mundo, las formas literarias también han debido cambiar porque la permanencia de los valores que nos rigen derivan de una cultura y de una época determinadas. La novela es la manera como la modernidad ha plasmado su concepción de la vida; la tragedia y la epopeya fueron, en su momento, las formas en que otras sociedades mostraron su apreciación del mundo.
Sin embargo, estas variantes que presentan los modelos de la literatura, son restringidas y cíclicas. Lukács y Goldmann las consideran ahistóricas y atemporales ya que siempre que se han dado las mismas circunstancias se han repetido estos modelos.
Una de estas formas literarias es la visión trágica del mundo. Una clase social que no tenga el poder o que lo haya perdido, desarrollará este tipo de visión, plasmándolo en forma de tragedia. La visión trágica es una postura frente al mundo en la cual el hombre se rehúsa a vivir en la sociedad que le ha tocado, puesto que ésta no lo comprende. Los valores del héroe trágico han dejado de ser válidos para el sistema de vida en que se desarrolla, por lo tanto se excluye toda posibilidad de conciliación entre él y la cultura en la que vive. Al final, el mundo sigue su curso y el héroe trágico no encuentra cabida en él. Hechos históricos llevaron a que esta situación se presentara en la Grecia Antigua, en el siglo XVII francés y en el Renacimiento en Inglaterra, por lo que se escribieron obras como las de Esquilo, Sófocles, Racine y Shakespeare.

Estas formas que presenta la literatura no son un mero reflejo de la sociedad, sino que son una crítica ante el mundo: esa es la esencia de todo arte, lo que lo hace ser especial. Lukács afirma que “con relación a la vida, el arte es siempre un «a pesar de todo»; la creación de formas confirma de la manera más profunda la existencia de esa disonancia” (1971:75).
Es por esa particularidad de plasmar la visión de mundo en la literatura que, para Goldmann, este concepto resulta un instrumento ideal, objetivo y controlable, que hace parte del análisis científico de la obra literaria. El autor define la concepción del mundo como “conjunto de aspiraciones, de sentimientos y de ideas que reúne a los miembros de un grupo (o lo que es más frecuente, de una clase social) y los opone a los demás grupos” (1985:29), lo que hoy no es otra cosa que la cultura y el concepto de identidad a partir de ella.
En general, los matices locales latinoamericanos, jamás han desafiado realmente el pensamiento euro céntrico ya que han sido incapaces de crear un método de producción de conocimiento desde la cultura del pueblo que hace ciencia.
Conclusión:
La ciencia, entendida como rigor del conocimiento, ha dejado abierta la puerta para que lo subjetivo no se escape del rigor, y que la cultura, fundamento de toda ciencia, incluyendo a las ciencias sociales, participe de una manera fructífera, diversa e intensa de verdad y conocimiento.
Las emociones no son el resultado de operaciones comprobables objetivamente, sino que son una realidad en sí mismas. Ya existe una tradición académica en la que la lectura de las emociones y a través de las emociones se hace posible mediante la aplicación de modelos creados rigurosamente con el material emocional del transcriptor. Concebir a la emoción como una dimensión epistemológica, permite involucrar el pensamiento científico con la cultura popular.
Estos mecanismos tienen efectos políticos ya que tienen la capacidad de activar una nueva relación entre ciencia y cultura: reformular las ideas de utopía e identidad de la literatura latinoamericana, pero de una manera más compleja y multidireccional, ya que no se desprenden de un pensamiento planeado sino de una lectura a muchas voces, desde todos las perspectivas de la cultura popular.
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Para citar éste artículo, le recomendamos el siguiente formato:
Castañeda, Carmen (2009). Literatura y Ciencias Sociales. Societarts. Revista de artes, ciencias sociales y humanidades. Recuperado el día de mes de año, en:
http://societarts.com/estudios-culturales/literatura-y-ciencias-sociales/






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