Sección: Antropología, Filosofía, Posmodernidad




NOTICIAS DE LO INSÚBDITO: De la inexactitud de lo poético

[ Sergio Espinosa Proa | Publicado el 24 Feb 2009 | ]


Resumen:

Difícil dudar que algún día se admitirá —con las mínimas reservas del caso— que la filosofía sólo es poesía tímida. Al menos, cuando aquella es realmente filosofía. A saber: cuando se contenta con ser escritura, pero con ser escritura fina. No la escritura pura, santo grial de las ciencias y los monogramas, sino la escritura fina, es decir, aquella en la que se mezclan con sabia libertad ritmos, sonidos, silencios, imágenes, sombras, conceptos, encuentros, extravíos, rodeos, hartazgos y terrores. Terrores, desde luego, ante el escribir en sí mismo. Una pluralidad modulada. Mítica, aunque un tanto arrepentida. Al cabo de muy denta-dos desfiladeros, la cultura del inicio de siglo —aunque comencemos por mera comodidad por las antiguas vanguardias— se da de bruces con la buena nueva: blindados en alta tecnología, no hay para los seres humanos más ciencia exacta que la poesía.







UNO

Difícil dudar que algún día se admitirá —con las mínimas reservas del caso— que la filosofía sólo es poesía tímida. Al menos, cuando aquella es realmente filosofía. A saber: cuando se contenta con ser escritura, pero con ser escritura fina. No la escritura pura, santo grial de las ciencias y los monogramas, sino la escritura fina, es decir, aquella en la que se mezclan con sabia libertad ritmos, sonidos, silencios, imágenes, sombras, conceptos, encuentros, extravíos, rodeos, hartazgos y terrores. Terrores, desde luego, ante el escribir en sí mismo. Una pluralidad modulada. Mítica, aunque un tanto arrepentida. Al cabo de muy denta-dos desfiladeros, la cultura del inicio de siglo —aunque comencemos por mera comodidad por las antiguas vanguardias— se da de bruces con la buena nueva: blindados en alta tecnología, no hay para los seres humanos más ciencia exacta que la poesía.

O bien: no hay ciencia más exacta que la poesía. De eso me place escribir. En el XXI apenas estamos digiriendo todo lo anterior. Es casi extraño sentir todas las vanguardias detrás nuestro. Se dirá que eso mismo ocurre en cada siglo, o en cada medio siglo, especialmente desde el XV. Sólo que la de hoy no queda claro que sea una digestión historiográfica. No es cuestión de acumular datos y hacerse el erudito sino, más contrita e inteligentemente, de reaprender a leer. El poeta sabe que leer es un poco licuar. Elige, pero no sabe quién lo hace por él. No es, sin duda, su inconsciente, pues en todo caso él, con todos sus nombres propios, pertenece —aun si alebrestado— al inconsciente. ¿Su inconsciente? No es suyo, no hay con el inconsciente relación posible de apropiación. Con lo cual la exactitud no empeora sino que se confirma. La fineza no se confunde tranquila-mente con la pulcritud. Ni con la corrección. No son lo que se llama buenos modales. Al aplicar categorías semejantes el lector perderá piso y estrella. Le faltará, según se dice, el hilo conductor. Buscará bajo la luz nocturna —pero poéticamente presiente que allí no han caído las llaves.

Es un chiste. Tal vez, al lado, no es chistoso el presentimiento. La fineza de la poesía deriva, en parte, de su poder de desentonar. Ella nace <<en un país medio salvaje, a destiempo>>, según comienza a (des)entonar Ezra Pound . Un nacimiento que se vincula directamente con cierto ejercicio del oído. Poética es la palabra tal como suena y resuena en un oído fino, es decir, en un oído que aprende a parpadear. El parpadear del oído condiciona, de cuajar, una <<cinemática de la prosa>>. Una especie de trabajo de ventrílocuo, pues oye su voz en la de una multitud. El punto de oído es móvil. Cubismo auditivo. Dodecafonismo de la mirada. Ni yo es yo ni el otro permanece tan siempre otro. El argumento de la poesía es que el argumento tiene demasiado de mera argucia. A menudo, se le llevará a un gemido, a una desvaída (y desviada) referencia. Esta referencia se extingue por exceso de referencias. No es que se le borre por completo; más bien, al borrarlo, se le muestra, se le escucha en su borroneo más íntimo (y más típico).

Esto de la escritura fina se halla lógica y etimológicamente vinculado con todo lo que remite a un fin. De allí recién venimos. Lo fino es lo último. Pero asusta de pasada el que hay un fin al principio. T. S. Eliot lo escribe en East Coker: <<En mi comienzo está mi fin. En sucesión/ se levantan y caen casas, se desmoronan, se extienden,/ se las retira, se las destruye, se las restaura, o en su lugar/ hay un campo abierto, o una fábrica, o una circunvalación.>> . La asimilación padeciente/gozosa de la finitud pasa por un incansable recibimiento de la infancia: de sus alaridos de júbilo y de sus miedos emboscados. No necesaria-mente de una infancia efectivamente vivida. El poeta no es un autobiógrafo aunque de tarde en tarde empeñe en ello sus almagestos. Lo esencial, en la escritura fina, en la escucha fina, es el mandato de razonar acerca de la infancia de la escritura misma, es decir, del lenguaje en cuanto inscripción y atuendo. El poema se escribe por vocación en esa <<hora violeta>> en que el atuendo se revela en su ser profunda y barrocamente un velo. Sólo que este velo descubre al ser que en él o, mejor, bajo su cubierta, permanece en vela. La escritura nos cubre. Y sólo ella misma, bajo el sonido que nadie alcanza a escuchar del todo, en la densa o despejada atmósfera de la <<hora violeta>>, descubre su propio juego.

La <<hora violeta>> de Eliot aparece ante la inespacial o inextensa mi-rada de Tiresias. Pues, recordemos por un instante una de las Siete noches de Borges, el ciego no es que no mire. El ciego experimenta la nostalgia del color y el relumbrar de las aristas. En particular, según confesión propia, la ceguera de Borges no es la negrura sino la preponderancia del gris violáceo. ¿Será indispensable esta coloración para escribir, para escribir con fineza? Loa a la exactitud poética. Puedo fiarme de ella, puedo no; ¡eso es no sólo exacto sino por encima de todo fino! Poética es una imagen que se despide y se desprende de la imagen. Esa semi-ceguera determina un estado de intercesión. Es <<la hora del atardecer que se esfuerza/ por volver a casa>> . Sólo que esa <<casa>> no siempre es una estancia cercada y asentada en el mismo sitio. La palabra poética parpadea y se parapeta entre lo nómada y lo sedente. Entre la intemperancia y el sosiego. La indecisión es parte de su exactitud. Es la indecisión abierta —entre un comienzo y un fin.

En la poesía, que es la lucha de la palabra consigo misma, la poesía es acaso lo que menos importa. Nunca es lo que se espera de ella. Pues, si la poesía fuera siempre poesía, jamás sería poesía. Su fineza es su exactitud en el sentido preciso en que lo fantasea el poeta: <<El conocimiento impone una estructura, y falsifica,/ pues la estructura es nueva en cada momento,/ y cada momento es una nueva y chocante/ valoración de todo lo que hemos sido. Sólo nos desengañamos/ de lo que, engañando, ya no podría hacer daño>>. De ahí que el saber de lo poético sea un saber del humus. Lo humano tiene en común con el mundo ese —lento, e indetenible— retorno al humus. East Coker viene resueltamente de esa cornisa: <<La única sabiduría que podemos esperar adquirir/ es la sabiduría de la humil-dad: la humildad es interminable>>. Y, ¿qué puede saber la humildad? ¿Qué puede el saber de la humildad? Otro eco de Rilke. Dejar que venga a nosotros la tiniebla, que será en primer y último lugar la tiniebla de Dios. Su oscuridad y su ceguera. La escritura sólo es escritura pensante en ese parpadeo de Lo Más Alto. Pensaremos menos en el vacío de su ausencia que en la extinción de su cósmica mirada. En su distracción. <<Y lo que no sabes es lo único que sabes/ y lo que posees es lo que no posees./ Y donde estás es donde no estás>>. Observemos al fin lo que hay de infinito en la finitud. Lo que hay de humano en lo humano. Lo que hay de luz en lo oscuro. Lo que hay de traicionero en la fidelidad. Lo que hay de fino en (la comprensión de) el fin.

DOS

Siguen siendo palabras, se dirá (y con sobrada razón). Condenadas eternamente a volver sobre sus pasos —sin serles permitido abrazar, poseer, dominar aquello que dicen. Que, al decirlo, eluden. Sin embargo, en la escritura de la fineza las palabras son sobre todo serpientes. Serpientes del paraíso. ¡Y del Infierno! Pues hay una escritura que serpea. En ella, las palabras son de tierra, <<ser pardo de tierra, dorado de tierra, de las ardientes entrañas de la tierra>>, según las líneas de D. H. Lawrence . Palabras serpiente de tierra, que provocan espanto y fascina-ción. Palabras que, para acabar rápido, honran a aquel por ellas visitado. <<¿Era acaso cobardía lo que no me dejaba matarla?/ ¿Era perversidad aquel deseo loco de hablar con ella?/ ¿Era humildad el sentirme así honrado?/ Porque ciertamente me sentía honrado…>>. El pensamiento se enrosca ante la voluptuosa parte vipe-rina de las palabras, vacila entre el odio y la sumisión. <<Y en verdad que tenía miedo, sí, mucho miedo./ Y, sin embargo, me sentía más honrado ahora/ de que hubiese venido hasta mi casa en busca de mi hospitalidad,/ fuera del negro pórti-co de la secreta tierra>>. De Pound a Lawrence, pasando por Eliot, una similar experiencia de la falla tectónica, una similar visión del abismo que se abre en el interior mismo de cada una de nuestras nunca después tan transparentes o tan autocomplacientes vocablos y frases y miniaturas del cosmos.

La escritura de escucha fina, la escucha de escritura fina consiste en el aprendizaje de una dificultad indoblegable y encima incontorneable. Construir un cobijo contra la intemperie es, en breve, un acto no sólo inútil sino además mezquino. Lo define una imposible asunción de la orfandad. La poesía explora esa mezquindad y afronta desde todos los ángulos nuestra ontológica orfandad. Freud diría que sin ella no existiríamos, punto; pero es un crimen, y por tanto expiable. Con todo, el cobijo edificado llega más temprano que tarde, y obviamente no por reversible azar, a transformar la tierra en un páramo y a la atmósfera en fúlgidos cielos de plomo. La poesía es una obra humana que viene de regreso de lo humano. Viene de vuelta de aquello que nos protege, encarando las cosas en su em-briagadora disparidad. La escritura es una caída, un canto de lo incompatible, de lo súbito, de lo insúbdito, de lo plural, <<porque el mundo/ es más vivo y malé-volo de lo que uno supone/ —a la lengua, al oído, a los ojos, al tacto—:/ algo hay más que cristal entre la nieve y las rosas>> . Algo más, dice el poeta; algo menos, dirá, sin por fuerza ser secuaz de Occam, el filósofo.

Ese más-o-menos que un cristal entre las rosas y la nieve no es en abso-luto una imagen. No es, según anticipamos, ni siquiera <<poesía>>. Eso de las <<vanguardias>> desmerece totalmente su trabajo, el trabajo del poema. Hasta las retaguardias, inútil ignorarlo, hallan y aprovechan su oportunidad. Peor aún los géneros. El poema no opone las imágenes (o las metáforas) a los conceptos. Jamás ha enfrentado con lírica a la lógica. Recuperar la infancia no es desbocarse en la puerilidad. Ha hecho saber a la lógica, identificarla, su propia inaceptada vena lírica, es todo. Pero es en verdad, si nos detenemos, mucho. Si la filosofía, cuando lo es, aparece como una poesía tímida, comprendamos que hablamos de una única lengua. No hay dos. No hay <<la poesía>>, que juega irresponsable-mente, lúdicamente, con las palabras, por un lado, y <<la filosofía>>, que no juega con ellas porque las adopta con extrema seriedad, por el otro. Esto, en cualquier caso, es un efecto. Efecto <<especial>>, por cierto, como en el cine. Hay solamente una lengua. Pero esa misma lengua conserva a veces todo lo que de extranjero ha detectado, decretado, apartado. La poesía es esa misma lengua —sólo que en ella palpita con fuerza <<el sonido del idioma impetuoso,/ borrado, como de lengua que aún saborea fruta>>, líneas mágicas —pues en ellas fulge lo real— del poema de Bernard Spencer . La filosofía ha perdido tristemente ese sabor, pero la poesía, a su turno, y siempre según el poeta, querría <<absorber todo esto/ en una visión sola: los ruidos del tráfico, el silbido/ agudo como un cuchillo, y esos ciegos que llaman al mundo como almas bajo tierra>>. ¿Es, vea-mos, la misma ceguera aquella que encontrábamos en la <<hora violeta>>? Se da entre ambas una envidia simétrica. Es a una misma ceguera a la que apunta esa envidia, que es —en su raíz latina— un deseo de algo que antes y acaso por error, pero ya sin vuelta atrás, se ha visto.

¿Qué ven sin ver la filosofía y la poesía? ¿Qué es lo que galvaniza sus tendones? ¿Cierta desolada claridad? ¿El lejano, sordo estrépito de las olas en un acantilado? Por el momento no entraremos al laberinto Joyce. Sería excesivo, aunque lo haremos enseguida. Daremos mejor un confortable salto, por más que semeje un ladrido nocturno, hasta Virginia Woolf. Ella entiende muchas cosas, pero ante todo sabe lo que es leer. La escritura se añade a una inteligente lectura (es pleonasmo), y no siempre. Hay en ello, para ser sinceros, un profundo enveje-cer. Una increíblemente lúcida confusión con las cosas:

Tenía un aspecto muy envejecido. James, volviendo unas veces la cabeza hacia el faro y otras hacia las anchas olas que se perseguían y se per-dían en la inmensidad, pensaba que parecía una piedra muy vieja depositada en la arena, como si se hubiera convertido físicamente en aquello que estaba siempre detrás de todo lo que ambos pensaban, en aquella so-ledad que representaba para ambos la sola noción verdadera entre todas las cosas .

La última, gélida, frase, provoca escalofríos. Se lee, dice Woolf, para llegar al fin. Y se lee al mismo tiempo con obsesiva impaciencia. Leeremos toda la vida con esa —incontrolada— inquietud. Se lee (aun si no cada vez) para en-contrar (y maniobrar en) aquel detrás de todas las cosas que pensamos. Porque ese detrás, horror, no es legible. Sin embargo, existe, y existe poderosamente en su ilegibilidad. Ilegibilidad que por principio da a pensar. <<Los ojos de Cam se perdían en la inmensidad del mar>>, continúa la Woolf: <<La isla se había vuelto tan pequeña que ya ni siquiera parecía una hoja. Parecía la punta de una roca que cualquier ola grande podría cubrir. Y, sin embargo, a pesar de su insignificancia, estaba llena de senderos, de terracitas, de dormitorios y de mil objetos heterogéneos>>. Detrás de lo que se piensa hay una heterogeneidad pululante. ¿Se escucha bien la fineza? Senderos, dormitorios, terracitas. ¿Es esta asimetría propicia o funesta? ¿Atrae o repele? ¿Quién decide?

Cuando se afirma que la poesía es la única ciencia exacta, hay que añadir una ciertamente insoportable y heterogénea infinidad de palabras. Infinidad sobrará. Pero eso no le sustrae un gramo de verdad. Pues sólo el naufragio da la medida de la verdad. Una verdad no abstracta, se entiende: verdadera es sólo la lengua que aún conserva el sabor de la fruta. La verdad no es el sabor de la fruta, es el poder de conservarla, aunque suene tan infamemente hegeliano, en el discurrir de una lengua. La fruta no es verdadera, la fruta, en sí misma, es real, solamente eso. La verdad es el impacto de lo real en la lengua, nada más. Esa es la verdad de la poesía, y ya sabemos, por lo menos, que para la poesía la poesía es lo que menos le roba el sueño.

TRES

La diferencia más sensible entre la filosofía y la poesía —disculpando esta cacofónica rima— es la cortesía. Poético será, según la narrativa de Virginia Woolf, ofrecer a una dama, como caballero español, <<una flor por la reja>>. Una vez más: eso no es una imagen. De la lengua que conserva el sabor de la fruta sólo es previsible —y en esto continúa soplando el aire español— un naufragio. Como toda cortesía. Pues la lengua es el oleaje que arrastra hasta su invisible e impronunciable fondo oceánico todo lo que ella en su discurrir acaricia y penetra. Lo lamentaba el poeta: <<Las cosas han ido todas a parar bajo el mar.// Los que bailaban han ido todos a parar bajo el cerro>> . Obviamente, la mano ciega y aplanadora de la muerte. Pero, sin duda, muchas cosas más. Menos fúnebres.

<<¿Qué es lo que estará viendo?>>. Para la escritura fina, qué curioso, todo aparece borroso, difuso, vaporoso. Otra rima áspera. Es que, por aparecer, tendría alguien que por fuerza sospechar. La fe en Dios, según muestran incluso los ateos de dientes para afuera, como entre muchos los empiristas lógicos, es, a la inversa de su presentación, una cuestión lógica. Imaginemos un mundo en el que la imaginación no nos acerque al mundo. No, ¿verdad? Dios preside el encaje (y el velo) de todas las novias. También de infinidad de novelitas. La mirada filosófica se precia en cualquier momento y lugar de ser <<tan fija, tan penetrante, tan silenciosa>>. Ante tamaña pretensión, es preciso cerrar los ojos. No tanto: bastará entrecerrarlos. Pues eso que mira la filosofía ya ha desaparecido del pai-saje. Es humo. La poesía, que no es <<otra>> lengua, sino aquello que en la lengua no es sólo lengua, no es fija, pero se fija. Se fija en las cosas (o las cosas en la lengua), no en lo que habla sirviéndose de ellas. Ese hablar, la poesía lo sabe de antiguo, es presunción. Presunción que crece, como una ampolla que habrá de reventar la lengua, por amarga o picante que sea su miel.

La poesía parecería, tras negar a Dios, querer lanzarse al espacio exterior. Hacerse, desde fuera, albacea del mundo. Nada más ingenuo, nada más inexacto. La poesía, esa lengua de la misma lengua que aloja aquello que en la lengua muere, no se lanza al espacio sino que da un pequeño salto hacia las rocas que el mar rítmico y enloquecidamente querría devorar. Pero un salto, ¿desde dónde? La tradición asegura que la poesía tiende al cielo. La filosofía, que ha hecho nacer a esas disciplinas escolares llamadas ciencias, por más que no muy tranquila ni muy contenta con ello, ocupa según su propio parecer una zona menos compro-metida. Pero no es la tierra, no son las rocas bañadas por el mar. La poesía no hace otra cosa que desembarcar. Volver a tierra tras una no poco insondable singladura. No quedarse simple y óntica y vacunamente en ella. La poesía es esa lengua de la lengua que no necesita decir gran cosa. <<Miró hacia los escalones: estaban vacíos. Miró al cuadro: estaba borroso>>. Una lengua que necesita sólo aprender a posarse, no a tomar posesión de la tierra. Aunque eso sea lo que más disuade: incluso a sabiendas de que es, precisamente, lo imposible.

Pues lo que ocurre con la lengua es que sin quererlo establece con la tierra una sorda e interminable guerra. Con Joseph Conrad sabríamos que <<el ase-sino estaba a la cabeza del ejército de la civilización>>. Pero la escritura fina no se contenta con la forma de la denuncia, de la protesta, de la crítica social. Como la filosofía, o como lo mejor de ella, extiende sus antenas con la más incisiva potencia de lo irónico. Poético es ese hablar a los oídos de un vínculo de solidari-dad que a pesar de todo subtiende a tantos corazones solitarios. <<La ironía>>, escribirá, a propósito de Conrad, Franco Moretti, <<como resarcimiento por la impotencia de salvar la vida (…). La ironía como complicidad a posteriori (…) con lo producido por los fríos mecanismos sociales, La ironía como imagen de una cultura que aspirase a un placer <<fin en sí mismo>>, a un delicioso parasitismo social. La ironía como utilización del horror para hacer más agradable la vida: para acostumbrar al conflicto que está en la base de todo, a la crisis siempre a punto de estallar, y volverlos fascinantes>> . La tierra se despanzurra, y los cuerpos no se diga, pero la lengua —a menos que reviente en poema—, no.
Posarse en la tierra cuidándose de poseerla; en este intento, sospecho, cabe y se debate toda la escritura humana. Si la filosofía sigue siendo poesía tímida es porque básicamente teme llegar hasta el fin. Su trazo obedece entonces el meandro de los laberintos . Sólo que en su centro el Minotauro permanece invisible —e imbatible. Para la civilización de Occidente, la civilización misma es la superficie en cuestión —y en experimentación. Sólo desde su flanco poético, sólo desde ese pórtico en trepidante retracción aquel proyecto exhibe sus fisuras, su fluidez entrópica. Lo que aquí quiero señalar es que la lengua poética es vanguardista independientemente de que los críticos la encajonen erudiciones de por medio en semejante armario. Incluso, cómo no, puede ser <<de derechas>>. Es la escritura que se observa escribiendo. ¿Desde qué comisura? ¿Plantado en qué inmarcesible altura? No es necesario exiliarse de la lengua, jamás se aflojará con la coartada del metalenguaje, pues existe un componente extranjero en toda lengua madre. Es su quiebra, su bancarrota, su ya no poder sino desfallecer. Su des-pilfarro, desde luego. En esta lengua extranjera los héroes y las enormidades lingüísticas (es decir: morales) sufren explosivos o implosivos procesos de pulverización y de marginalización. Léase a Henry James, parapetado con discreción pero agilidad cirquera en los balcones de ese calabozo que la civilidad levanta y edifica dentro de sí. La lengua poética es la filosofía de un cuerpo solitario que pende de una cuerda y que termina en un momento o en otro por precipitarse al vacío del gozo y del dolor.
Absolutos, ellos sí.

CUATRO

Escribir con exactitud no consiste, se comprende desde hace centurias, en nadar hábilmente por una corriente tumultuosa pero a fin de cuentas predecible. El escritor nada contra sí mismo y al hacerlo impredice la corriente. Es de tal poder su apego a la vida que sólo puede bendecir su paso. ¿Desea morir quien ama así? No. Desea hasta la muerte misma, que es completamente distinto. Es el amor por la lengua, por la inverosímil luminosidad que arroja sobre cada una de las cosas lo que reverbera en la palabra poética. Pensemos que W. B. Yeats es quizá menos a una persona en concreto que a la palabra poética misma a quien se dirige en este poema:

Si tan sólo yacieras fría y muerta,
Y las luces del oeste se apagaran,
Vendrías aquí, e inclinarías tu cabeza,
Y yo reposaría la frente sobre tu pecho,
Y tú murmurarías palabras de ternura,
Perdonándome, pues ya estás muerta:
No te alzarías ni partirías presurosa,
Aunque tengas voluntad de pájaro silvestre,
Mas tú sabes que tu pelo es prisionero
En torno al sol, la luna y las estrellas:
Quisiera, amada, que yacieras
En la tierra, bajo las hojas de bardana,
Mientras las estrellas, una a una, se apagaran .

Es preciso que el cielo deje de esplender para que la tierra tienda la ma-no a la lengua. La fineza y exactitud de la palabra derivan íntegramente de este ceder o extinguir su voluntad de iluminación. Para revelarse, la palabra ha de avanzar <<con la mirada vacía y como el sol sin piedad>> . En silencio. Con indiferencia. Sin aliento. El poder de la belleza, tan duramente criticado por las izquierdas, es un poder de autoimposición. Sólo que en ella desimpone al hombre, le arrastra a un cieno —no a un cielo— al que pertenece sin absolución. <<Flota ante mí una imagen, hombre o sombra:/ sombra más que hombre, imagen más que sombra>> . El hombre es finito, desalmada y fantásticamente finito. La palabra le enseña a afinar y despedirse. Sin rencor, sin entusiasmo, sin arrepenti-miento, sin esperanza. La palabra es desarraigo, jamás correspondencia, jamás empatía, jamás reconciliación. Cuando esta palabra tan muda como incontornea-ble se imponga a los hombres, sólo logrará de ellos un grito, un alarido de locura. Pero de una locura inteligente. La palabra que sólo es el poder de la palabra, diría un crítico, da miedo. Leído <<seriamente>>, dice, Yeats <<da miedo. Porque dice con total simplicidad que la belleza puede matar>> . ¿Será la espantosa seriedad de la belleza la celebración de la muerte del cuerpo, o es más bien la defección del sentido que ensarta y mortifica a los cuerpos?

Contra toda apariencia escolar, o monástica, ni la filosofía ni la poesía son discursos que encuentren en la piedad un motivo de respeto o insinuación. ¡Ni siquiera de innovación! Y mucho me temo que por ello mismo aspiran a la exactitud que las ciencias, sin razón, presumen tanto de haber hallado. ¿Es otra exactitud, o la única posible? <<Da, ¡oh negrura!, —da el supremo pensamiento>>, oraba Monsieur Teste . Una negrura exactamente idéntica, por otra parte, a la Suprema Iluminación. ¿Se trata de morir? No seamos tan drásticos; basta con alcanzar, en la letra más que en el espíritu, el extremo de lo fáctico. <<Hombre siempre de pie sobre el Cabo Pensamiento>>, se miraba a sí mismo Paul Valéry, <<con los ojos desmesuradamente abiertos hacia los límites o de las cosas o de la vista>>. Sólo que, lamentable, esta desmesura de la mirada se dispone en cada instante a partir. No a negociar con las cosas o a regocijarse en ellas (o en sus límites). El goce de la lengua poética es un goce diferido, y diferido como todo goce verdadero. <<Es lo que llevo de desconocido en mí lo que me hace ser yo./ Es lo que tengo de inhábil, de incierto, lo que es yo mismo>>. La mirada del poeta revela una gnosis febril pero descompuesta. Cada uno está hecho de lo que ignora, no de lo que sabe (o imagina saber). Cada cuerpo, fabricado con escrituras ululantes, con signos de distinción que todos se esmeran en poseer… Vértigo del no ser, o, peor aun, de ser lo que los demás creen que somos. Y bien, a eso lo podemos llamar civilización.

A eso, y a su movimiento de demolición. <<Piense>>, indica Mr. Teste, <<en la verdadera significación de una jerarquía fundada en la rareza>>. Pense-mos en eso, pero aplicándola exclusivamente a nosotros mismos. Una jerarquía personal en donde lo más raro de cada uno lleve (aun si no siempre) las riendas. Comprendemos que, dentro del movimiento de civilización, la inteligencia se ejerce hacia fuera. Juzgamos, juzgamos, juzgamos… En realidad, si la inteligen-cia no juega se embota. Pues la inteligencia es lo más raro que hay en cada uno. Lo más raro si se ejerce contra sí mismo. El pasmo de Mr. Teste se produce en el momento en que comprende que lo único que conoce la inteligencia es aquello que consiste en pura inteligibilidad. Es decir: el mundo. ¡Pero hay algo más! <<Estoy hecho>>, prosigue el diálogo, <<de un infortunado espíritu que nunca está muy seguro de haber comprendido lo que ha comprendido sin percatarse de ello>>. La escritura fina sólo podría comenzar (y desembocar) en la desconfianza de la escritura. Aun si esa desconfianza es la condición de toda su nobleza y de toda su fecundidad.

Y aquí nos vuelve a salir al pie la serpiente. Es la frase, la serpiente es la escritura en su astucia y en su paciencia (<<mi fuerte es la cautela>>). Y también, con un giro apenas perceptible, la ceguera. La <<hora violeta>> ha llegado a su mediodía. La serpiente es la lengua que desafía a la Creación y la mirada que se enfrenta al Sol. Nada más ateológico que la poesía, nada como la escritura que se observa escribir —y que al hacerlo permite que la Nada nos guiñe los ojos. Pues esa luz excesiva no deja ver <<que el universo es un defecto/ en la pureza del No-Ser>> . La conciencia cristiana titubea, pero la palabra poética —¡bendita sea la tierra!— termina imponiéndose. La seducción de la serpiente es eso que una mujer percibe sin necesidad de mutar en intelectual. <<Nada>>, susurra a su oído, <<menos seguro que la palabra divina, Eva>>. La sabiduría del satánico reptil es lo único —para un mortal— cierto: <<raíz de dolor, raíz futura>>. Esa voz oscura es <<rumor de la espesura>>. ¿Tienta a la hembra humana, más débil y más frágil que la fortaleza moral de los machitos? El pequeño cristiano que todos llevamos dentro responderá con prisa, y responderá afirmativamente. Pero lo más raro nos forzará un instante. Nos impondrá una quietud y un silencio. Hasta esperará de nosotros un giro hacia atrás. Pues la exigencia lo es todo menos ingenua:

No pienses más. Ven sin moverte;
entremezcla pasos y pausas,
como danzas de graves rosas.
Aquí las delicias son causas
suficientes para las cosas.

Sí: aquí, en la tierra. La Infinita Magnificencia del Creador aparece en la tornasolada y escamosa superficie de la escritura fina como una sabiduría, pero —blasfemia suprema— una sabiduría robada, y robada a la Tierra. Una vez más: es lo insúbdito que seduce y eclipsa, que vuelve al animal parlante desde el humus formado por el caer de <<frutos rojos,/ frutos de muerte y de pecado>>, es <<esa sed que te hace crecer/ y exalta hasta elevar al Ser/ la omnipotencia de la Nada!>>. Pues la Nada, precisamente, nunca es todopoderosa, y si algo asusta a estas bestias que sueñan con ser ángeles es la posibilidad de que lo posible se cierre sobre sus cabezas como un inmenso e inmundo tornado o ciclón en cuyo ojo nunca jamás acechará la mirada de Dios.

NOTAS:

1 Ezra Pound, <<Ode pour l’élection de son sépulchre>>, en Hugh Selwyn Mauberley, (1920). Si no se indica lo contrario, se ofrecen las traducciones de José María Valverde.
2 T. S. Eliot, <<East Coker>>, en Cuatro cuartetos, (1942)
3 T. S. Eliot, <<El sermón del fuego>>, en La tierra baldía (1922).
4 D. H. Lawrence, <<La serpiente>>, Antología de poetas ingleses modernos, tr. Dámaso Alonso, Gredos, Madrid, 1962
5 Louis McNeice, <<Nieve>>, tr. Jaime Gil de Biedma, Antología… op. cit.
6 Bernard Spencer, <<Notas de un extranjero>>, tr. Jesús Pardo, en Antología…, op. cit.
7 Virginia Woolf, Al faro, tr. Carmen Martín Gaite, Edhasa, Barcelona, 1978
8 T. S. Eliot, <<East Coker>>, en loc. cit.
9 Franco Moretti, <<Joseph Conrad>>, en La Cultura del 900, a cargo de Alfonso Berardinelli, Vol. 1, siglo veintiuno editores, México, 1984, p. 20
10 <<El camino de quien teme llegar a la meta trazará fácilmente un laberinto>>, escribió Walter Benjamin en su ensayo sobre Baudelaire.
11 W. B. Yeats, <<Desea que su amada estuviese muerta>>, tr. Manuel Soto, Siruela, Madrid, 1991
12 W. B. Yeats, <<La segunda venida>>.
13 W. B. Yeats, <<Bizancio>>.
14 F. Moretti, <<William Butler Yeats>>, en loc. cit., p. 27
15 Paul Valéry, Monsieur Teste, tr. Salvador Elizondo, Montesinos, Barcelona, 1980
16 Paul Valéry, <<Esbozo de una serpiente>>, tr. Carlos R. de Dampierre, en Poemas, Visor, Madrid, 1973









Para citar éste artículo, le recomendamos el siguiente formato:


Espinosa Proa, Sergio (2009). NOTICIAS DE LO INSÚBDITO: De la inexactitud de lo poético. Societarts. Revista de artes, ciencias sociales y humanidades. Recuperado el día de mes de año, en:
http://societarts.com/antropologia/noticias-de-lo-insubdito-de-la-inexactitud-de-lo-poetico/

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