Vitalidad del Rock[1]:Motorizer, la nueva artillería de Motörhead .
[ Leonardo Sai | Publicado el 22 Jan 2009 | ]Resumen:
Sir. Kilmister—. Los discos de Motörhead [2] son guerras, batallas: cañonazo del Rickenbaquer[3]. En los grandes grupos del rock[4], y más incluso en un sub-género de tan difícil ejecución —en el tempo de una nota se tocan, por dar un ejemplo, cuatro— como es el heavy metal, es indiferenciable el carácter (en el sentido schopenhaueriano de su belleza metafísica El mundo como representación y voluntad) que le imprime “el cabecilla carismático” al nervio último de la ejecución instrumental total: El baterista es una patada en el jubilado culo de Lemmy y Lemmy los ilumina, conteniéndolos, con voz carrasposa, sentido del humor, cigarrillo y whiskey. Es cierto que sucede con muchos otros, cientos de nombres propios y disímiles formas musicales y no musicales: La Cultura no es otra cosa que una Razón parlante mediada por el gusto y el temperamento (Nietzsche para principiantes) Lo que intento destacar, y muy superficialmente, es que un excelente instrumentista de jazz, música clásica, tango puede carecer, por completo, de carisma —pseudo-concepto weberiano pasible de ser reducido a: Portador de un don específico del cuerpo y del espíritu no accesible a todos[5]– lo cual no sucede en ninguno de los géneros, y sub-géneros, donde lo que importa, y es escena, es la relación simbiótica entre Artista y Público. Como preguntan (a veces muy ofendidos) quienes, respecto de un asunto puntual no desean escuchar ni saber nada, si les lacera el narcisismo: ¿Y qué significa todo esto? Entiéndase mi explique: Con la excusa de Motorizer, polemicemos la cultura[6].

¿Es nada esto?
Pues entonces el mundo y cuanto hay en él es nada,
El cielo que nos cubre es nada, Bohemia nada,
Mi esposa es nada ni hay nada en todas estas nadas,
Si esto es nada.
Cuentos de Invierno.
William S.

Resulta una contradicción aparente que quienes mejor han pensado el problema y la relación entre Artista y Público hallan sido los románticos siendo que ellos, al menos según Sebreli[7], son “arte moderno contra la modernidad”. Freud reconocía en los románticos alemanes, en Shopenhauer, el descubrimiento del inconsciente: la fuente del arte es menos cosa mental (Leonardo) que deseo. Ahora bien, la posmodernidad no es el resultado de un arte que se vuelve contra sí, ni de las “aventuras de la vanguardia” sino de modificaciones objetivas globales que re-sitúan la vanguardia en y bajo la política del Capital Tecnológico, que destierra las vanguardias de cualquier ámbito o esfera abstraída como “cultural” y nada de esto resultado de ningún romanticismo, de ningún arte moderno que socava modernidades, puesto que aquél no es sino una conceptualización notable que comprende el momento del concepto, en el marco de un capitalismo intrínsecamente no diferenciado, que requiere, articula —y eso lo entiende hasta un Sebreli— a las masas dentro de una política de desarrollo capitalista desde el Estado. Hoy, algunas de esas polvorientas notas, nos sirven para pensar pequeñas historias de la Argentina local. Volvamos.
Afirmar, como un Luis XIV de la sinfonía, El Rock n’ roll soy Yo, y regresar del ridículo: El rockero viste viejos ropajes de perro cristiano. Un oscuro pastor invita las almas de cuero a los estadios psicológicos de masas: Amor al Uno, todos los Jaggers que caminan las urbes. No se trata de subsumir una sub-cultura en la lógica psicológica de masas sino entender que, en la especificidad de esa sub-sunción, existe, posiblemente, una pequeña clave de un fenómeno en vías de extinción.

Romanticismo rockero—. El Ídolo no solo incluía al público sino que incluía y condensaba un sentido. Lennon, Jagger, Hendrix, Dylan. Este Amor no se profesa, religiosamente, en el público de óperas, ni en las raves, ni en la salsa, ni el blues, siendo, en estos últimos tres casos, géneros más o menos populares. Se profesa, por cierto, de otros modos. Y lo que me importa es la forma misma de ese amor en el Rock, con afinidades electivas que en política se denigran como demagogia y populismo. Y no se profesa dadas las distinciones del gusto dominante, porque exista de un lado un supuesto “Individuo” y del otro el famoso “Rebaño” sino porque el fenómeno cultural urbano —la muerte de Hank Williams es la muerte de una estructura social y el nacimiento de Elvis Presley es el nacimiento de hoteles, carreteras, autos, adolescentes o Fordismo— emergente y expresión de sociedades industriales (donde existe un reacomodamiento de valores, sentidos y de imaginarios que expresan, simbólicamente, el destierro de la vida campestre) llamado “Rock and Roll” es una forma cultural que contenía una íntima correlación, con aquello que alguna vez fue síntesis y política en la ópera wagneriana: Voluntad de lucha cultural. Rolling Stones, Ramones, Sex Pistols, Beatles, Black Sabbath son todos nombres propios de batallas culturales. Nada de esto sucede en los flotantes episodios musicales posmodernos: Un placebo generalizado donde todo es bienvenido, dice SI, se combina y recombina, es In y es Out, es Fashion y es Mersa, es Kitch y es Exclusivo, y afirma y se afirma como el porcino feliz, dichoso en el fango, bien dispuesto a ser carne de presa. Volvamos, por favor.
Intentaba decir: el público que se dispersa (en lo íntimo respecto del otro, no en lo físico) una vez culminada la obra no es ni público y la obra no existe. La Obra perdura y es el público Público porque lo que todavía funciona es una Representación Colectiva, densa, capaz de alcanzar el horizonte de Lo Social y dotarlo, además de una impronta imaginaria, de subjetividad. Por eso, la inteligencia de Charly García alguna vez aseveró: El Rock invento a la juventud, y el metalero argentino Ricardo Iorio lo perfeccionaba, como metafísico criollo que es: Quien es rockero es joven siempre. ¿Qué tiene que ver esto con la salida del último disco de Motörhead ? Todavía no lo sé muy bien. Sigamos.
No es solo una cuestión de carencia de talento por la cual no pululan Bobs Dylans en el mundo. La muerte del concepto de Artista, rebajado a noción común, no es, meramente, una declaración posmoderna repetida por imitación y snobismo. Miremos nuevamente al maestro Dylan: No podía hacer (sí podía y lo hizo, subrayo la función de límite del Público) lo que quería: el Público le daba la espalda, lo negaba y renegaba, lo quería matar; No podía decir lo que quería y se le antojaba (si podía y lo hizo, pago el precio y renació por más): Lo linchaban, o le hacía cazas de brujas como al Lennon más grande que Cristo. Había límites, y en esos límites, no solo se trazaba el respeto, la Obra, el Público y el Sentido del Artista sino la representación misma, es decir, lo que se decía importaba, e importaba cómo se decía, qué se decía, para quién. Todo esto ya no existe más.
Se puede comprobar, superficialmente, en la sub-cultura de los jóvenes: Los llamados “artistas” pueden mezclar cualquier género, declararse, al mismo tiempo, en contra y a favor de cualquier “cuestión social”, decirse judíos, cristianos, musulmanes y satánicos, etc, etc, etc. Nada importa, todo vano. ¿Puritanismo?
La ortodoxia que quemaba a Dylan, cuando, décadas más tarde, éste tocaba frente al Papa, haciéndole a la ortodoxia del rock lo que antes a la del folk, era, efectivamente, una ortodoxia: Había una sociedad que sentía pureza espiritual y política, condensada, en la esperanza conocida como Kennedy. Esto le permitía a Dylan “jugar con una Heterodoxia” porque aquella era posible. Para decirlo rápidamente: No hay ni ortodoxia ni heterodoxia en la posmodernidad cultural. Por eso, rescato a ese sub-genero del rock, el heavy metal, la última ortodoxia que, acaso, late en alguna solitaria vena adolescente. ¿Y el comentario sobre el disco? Es excelente. ¿Y que dirán los metaleros?

Opino que cuando lo escuchen, en excusa de una cerveza, compartirán el amor a Lemmy, la dureza precisa de la batería, las letras escritas con sabiduría de Vodka y piernas largas de una dama de negro, y recrearan, más allá de la dispersión que nos distancia, lo religioso que hace sociedad y escribe la anécdota dulce de la vida: Allí esperan mis amigos en reunión, mucho me alegra sentirme parte de vos… (Soy de la esquina, Hermética; 1990)
No es el barrio sublimado lo que allí era cantado sino la resistencia de la Sociedad a dejarse ser nada, esa nada, privada de conciencia, lenguaje y melodía, que vive del pulso primitivo del oído humano, carente de representación, todos yuxtapuestos, sin enlace social, en el mamarracho empastillado y farmacológico, harapientos en la miseria y en el lujo, animales y vegetales al mismo tiempo, de esa involución cultural musical posmoderna o, directamente: La llamada música electrónica (cumbia, reggaeton, rington, tecno, etc) en todas sus pestilentes derivaciones de clase. Toda esa basura que entretiene… como banda sonora del suicidio y el purgatorio social.
Vale aquí una consecuencia de lo dicho: Solo un grupo de Rock[8], al menos hasta hoy, construyó, socialmente, ese símbolo que es el de nuestro dolor: Abandono y selectividad obscena que expuso el racismo del Estado argentino, latente y manifiesto, en el sentido común más negrero de su clase media; Símbolo de unas zapatillas; Callejeros, acordes de Verdad y Justicia, al menos para mí: Sentido y vitalidad del Rock.
Festejamos la salida del nuevo álbum de Motörhead , creemos que ellos marcharían con nosotros, gritando: ¡Cárcel a Chabán! ¡Justicia para nuestros pibes! Es el mismo viejo grito, the same old story, ¡Igualdad ante la ley!… tan moderno como el Rock.
“Socialización” digital—. El artículo culminaba con aquella frase. Sucede que me encontré con una entrevista, relativamente reciente, del diario Crítica a la socióloga Laura Goszczynski, coautora del libro Ciberculturas Juveniles, donde analiza el auge y “los significados” de los fotologs. Continuemos.
Confieso que no leí el libro. Me atengo estrictamente a las declaraciones vertidas por la investigadora del Instituto Germani, en la fuente mencionada, respecto de un trabajo cualitativo que le tomo un año y medio. La pregunta que detona su investigación es ¿Por qué usan los fotologs los adolescentes y no los blogs, centrados en el texto? Y se responde: Por la importancia de la imagen, porque se criaron mirando pantallas, porque el mandato es ser, estar y aparecer, por la importancia que le otorgan al cuerpo. En ese sentido: el fotolog paso a ser un elemento constitutivo de la identidad adolescente; el fotolog es una espacio de construcción de la identidad adolescente; la foto pose es uno de los rasgos de estos territorios llenos de huellas subjetivas; lo que constituye a su tribu desde el sujeto es el uso de esa herramienta (el fotolog); hay un plus sin satisfacer y de ahí la necesidad de estos adolescente de reunirse, de verse. El contacto cara a cara es insustituible. Hay una necesidad de llevar a tierra lo que se gestó virtualmente; La pantalla se volvió tan íntima que se incorporó al cuerpo.
De lo expuesto por la colega, resulta indispensable diferenciar, puesto que se refiere al concepto subjetividad entre Ich Ideal (Yo Ideal) e Ideal Ich (Ideal del Yo): Solo una identidad estructurada desde lo simbólico es tal y constituye subjetividad. No es casualidad que “la academia” hable de Tribus Urbanas para referirse, con esa apropiada descripción sociológica, al comportamiento de grupo “estructurado” bajo primacía de lo imaginario.

La Subjetividad es irreductible a fenómenos de Estética (ésta incluye en su concepto a todas las dimensiones de juegos, juegos orales, manuales, cosmética, artes plástica, adornos, artes musicales, danza, música, canto y poesía). Por más que se afirme, con un librito de Foucault para principiantes, que la Estética, en tanto, “tecnología del yo” produce/articula/constituye/diagrama “subjetividades” queda, palmariamente, empequeñecido el registro simbólico, denunciado a toda luz la impotencia e ineficacia del sistema educativo argentino, en la alarmante pobreza de significantes que hacen posible los efectos de significado: Lo propio de Lo Simbólico es la dialéctica, el conflicto, el juego de oposiciones y diferencias (Lacan para principiantes) Esa “necesidad” del cara a cara que, en realidad, cuando existe basta considerar el resultado observado: No surge el conflicto. No se plantea. Se habla y recrea un ambiente grato para todos. Nunca se llega al enfrentamiento. Se recrea un “estar juntos ahí”, sin choques, un género de ciberescritura que viene desde el MSN, el foro, el celular. Allí, la clave.
La socióloga, quizás por la jibarización de la información urgente, no extrae las consecuencias necesarias de su investigación y es hipótesis de esta excusa apologética de un disco de rock: A grandes rasgos, hay una terrible desvalorización y clausura de la subjetividad en la posmodernidad. De lo que Laura afirmaba, finalmente, respecto del encuentro, una vez acontecido: No hay, en verdad, Lenguaje, no aparecen intercambios, no se dice nada, entonces, la foto, el mailing, la digitalización de imágenes, sin diálogo verdadero.
No es un fenómeno local, es cierto. Son muestras, en el humano, de la mundialización sin política cuando ésta es presa pura del dominio tecnológico del Imperio.

[1] Heavy metal, corriente del rock que en su sentido literal se define como metal duro o pesado. La expresión heavy metal tiene un origen literario: un personaje creado por el narrador estadounidense William Seward Burroughs en su peculiar código metafórico, al que da vida en La máquina blanda (1961), llamado Chico Heavy Metal. Estos términos fueron utilizados por el crítico de la revista Rolling Stone y más tarde novelista y editor Barry Gifford para aludir pocos años después al movimiento de recuperación del rock and roll en su línea más radical, que encabezaron bandas británicas y estadounidenses como Hawkind, Cream, MC5, Yardbirds, Iron Butterfly, Steppenwoolf, Blue Öyster Cult, Ted Nugent y Amboy Dukes, Thyn Lizzy, Blue Cheer y, para algunos analistas, hasta Kinks, The Who o The Stooges. No obstante serán sobre todo grupos como Deep Purple con su álbum Shades of Deep Purple (1968) y Led Zeppelin con la publicación a principios de 1969 de su primer álbum Led Zeppelin, los que inauguran la era de las superbandas de rock y marcan las líneas maestras del heavy metal, al extremar aún más la postura enérgica adoptada por el hardcore y el glam en las postrimerías de la década de 1960.
[2] De principios de la década de 1970 arranca la oleada de las que serán más características formaciones de heavy metal, y se manifestará por diversos frentes. La relación sería interminable, pero destacan los estadounidenses Aerosmith, Blue Öyster Cult, Mountain (en 1970), The Tubes y la solista Suzy 4 (en 1972), los británicos UFO (en 1970), los alemanes Scorpions (en 1971), los británicos Gary Moore y G-Force, Thyn Lizzy y Uriah Heep (en 1972), los británicos Judas Priest y los neoyorquinos Kiss (en 1973), los canadienses Rush y April Wine (1973), los australianos AC/DC (en 1974), los holandeses establecidos en California, Van Halen (en 1974), los británicos Rainbow y Motorhead (en 1975).
Recibirán el legado de las superbandas y en algunos casos —como Aerosmith, Judas Priest o AC/DC, principalmente— tomarán el relevo en un plano de igualdad con sus predecesores que afirmará el código de identidad heavy, fijándolo en el tiempo, en lo musical y en lo plástico.
Más tarde, durante las décadas de 1970 y 1980, mantendrán las esencias en contraste con las líneas musicales que proliferarán en Estados Unidos y Gran Bretaña a partir del estallido punk, la escuela metálica denominada AOR (Adult Oriented Rock) o de “nueva ola”, impulso más moderado en sus formas, así como más mediatizado por criterios de comercialidad.
Esta reacción estimulará a partir de 1977 y de forma ininterrumpida hasta los años noventa la aparición de bandas tan destacadas como Iron Maiden, Def Leppard, Saxon, Whitesnake, The Runaways, Girlschool, UDO, Dokken, Metallica, Megadeth, Manowar, The Cult, WASP, Mötley Crüe, Bon Jovi, Skid Row, Twisted Sister, Anthrax, Suicidal Tendencies, Gamma Ray, Black Crowes, Queensrÿche, Paradise Lost, Fight, Cycle Sluts From Hell, entre muchas otras. Y a la vez, se evidencia la relación con diversos géneros musicales —con preferencia el punk, el grunge, el rap y numerosas corrientes de rock alternativo—, así como el periódico resurgir de formaciones míticas (Cream, Deep Purple, por ejemplo), orientaciones que lejos de estancar la creatividad del rock metálico le han aportado sugerentes perspectivas.
[3] Eddie Rickenbacker fue el piloto estadounidense más importante de la I Guerra Mundial. Derribó 22 aviones enemigos y 4 globos. Pasó a ser presidente de Eastern Airlines en 1939 y trabajó en esta compañía hasta 1963. Su avión fue derribado en el Pacífico al norte de Samoa cuando realizaba una misión de exploración para el Ministerio de Guerra en 1942. Fue rescatado junto con sus compañeros. Rickenbacker es también el nombre del bajo de Lemmy Kilmister, líder y cantante de Motorhead.
[4] La confrontación artificial planteada entre una supuesta y homogénea actitud dura en el rock y la correspondiente línea blanda, de la que fueran principales exponentes respectivamente las bandas británicas The Rolling Stones y The Beatles, se reproduciría en los primeros tiempos del heavy metal. Las distinciones de los especialistas, en este caso, no sólo ponían énfasis en la fuerza sonora de las bandas, sino asimismo en la eterna confrontación entre los defensores del retorno a las esencias puras y duras del rock americano, y la ambición y el ansia de variedad que animaban la creatividad de los músicos del Reino Unido. En consecuencia, el heavy metal, en una primera etapa, se configuró sobre la marcha con el propósito de redefinir y reivindicar el rock genuino, y por oposición a la decadencia general de los grupos e intérpretes representativos del mundo del rock —este mismo carácter de reacción airada contra el estancamiento alumbraría el punk a finales de la década de 1970—, que lo condenaba a ser caricatura de sí mismo y juguete sometido a la dictadura de la comercialidad impuesta por las grandes casas discográficas.
Más afines a las influencias del blues y el rhythm and blues, los músicos de heavy metal alzaron —o recuperaron— el estandarte de la insumisión y la rebeldía inherente al rock en oposición abierta a las prácticas de las estrellas del rock. En el aspecto técnico, esta actitud se fundamentaba en una prueba constante de fuerza instrumental donde primaba la autenticidad de la acción sobre el virtuosismo musical. Potentes baterías, guitarras coléricas y vertiginosas, bajos de tormenta, voces que ensalzan la rabia del marginado y del marginal o una fantástica pesadilla anticonvencional dirigida contra la narrativa ortodoxa y el ingenio chocante o absurdo de las letras del rock clásico y la sociedad establecida, tradicional y conservadora, satisfecha e intolerante.
Todos estos elementos generales, como es lógico, se verían sometidos a grandes cambios con el paso de los años, puesto que en los principios de la andadura del rock metálico sus rasgos de identidad estaban por consolidarse. Ello puede advertirse en la pluralidad de caminos seguidos por gran número de bandas hasta que adquieren conciencia de su verdadera orientación y, de una forma más evidente, contrastando la forma en que sus temas evolucionan en el tiempo. Resultaría arriesgado afirmar, si se exceptúa la inquietud estética o la disconformidad como retrato esencial de una actitud vital, que pueden confundirse entre sí las canciones de Led Zeppelin, Deep Purple o Hawkind, con las descargas enloquecidas y selváticas de las guitarras de Ted Nugent y Eddie van Halen; o que las atmósferas siniestras de Black Sabbath pueden asociarse sin más con la vocación clasicista de Yngwie Malmsteen, la estética fría de Judas Priest y el ansia destructora de Wendy O. Williams.
Asimismo existe una correlación entre la conducta heterodoxa y épica del heavy, a la manera de un rock combatiente en los márgenes del mercado, y la ruptura de la imagen tópica del éxito de las glorias del rock. El dilema sociocultural entre apocalípticos e integrados se transforma aquí en el choque entre una espectacularidad sucia, esforzada, ruidosa y heroica, y la brillantez del sistema que premia a los “buenos chicos” que aspiran a una vida de triunfo y retornan al buen camino en cuanto caen prisioneros del mercado discográfico a gran escala.
[5] Lemmy Kilmister, cantante y líder de Motorhead, afirmaba que de llegar a los cincuenta años, donaba su cuerpo a la NASA. Creo que ya pasó los sesenta, y hace rato.
[6] Recordemos que para Bourdieu, sociólogo de la cultura, un objeto cultural es el resultado de batallas por definirlo (nominarlo) imponiéndole una dirección de acuerdo a estrategias y pugnas de clases por el poder diferencial que establece el Capital Simbólico en las relaciones de producción.
[7] Las aventuras de la vanguardia: El arte moderno contra la modernidad; Sebreli; 2000.
[8] Terriblemente no sucedió, en términos de reacción y capacidad de movilización social y política, lo mismo con ninguna tragedia acontecida en otras discotecas.
Para citar éste artículo, le recomendamos el siguiente formato:
Sai, Leonardo (2009). Vitalidad del Rock[1]:Motorizer, la nueva artillería de Motörhead .. Societarts. Revista de artes, ciencias sociales y humanidades. Recuperado el día de mes de año, en:
http://societarts.com/estudios-culturales/vitalidad-del-rock1motorizer-la-nueva-artilleria-de-motorhead/






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